Primaveralizar el otoño
Hay algo en el calendario que no se ajusta a lo natural. En este lado del mundo, septiembre es un umbral, un puente entre el fin del verano y el inicio del otoño. La expansiva, ígnea y hasta tórrida energía del agosto empieza su camino hacia la contracción y el recogimiento que culminará en el frío invierno. Y, sin embargo, mirando el calendario, septiembre tiene algo de inicio, más propio de la primavera. La famosa vuelta al cole, o al trabajo, o a las rutinas. Empieza un nuevo curso.
¿Cómo empezar algo con una energía menguante? Desde mi perspectiva, es crucial poner foco. Lo que nos enseña el inicio del otoño es precisamente eso, dejar caer lo que ya no sirve, despedirse, discernir entre lo que sí y lo que no, al modo de la digestión. Quizá no hay tanta energía, pero sí hay más consciencia. De esta forma es posible primaveralizar un poco el otoño, aunque sea un tanto forzado. Recoger las cualidades del otoño, fundamentalmente la consciencia, en este nuevo inicio.
Los griegos tenían dos palabras para el tiempo. Chrónos era el tiempo que se mide, el del reloj y el calendario, el que corre igual para todos y no se detiene. Un amigo decía que el tiempo es suizo y tiene el pelo rubio. Kairós es otra cosa: el momento oportuno, el instante que pide ser vivido, el tiempo cualitativo que no se cuenta sino que se habita.
Vivimos casi siempre en chrónos. Contando días, planificando, midiendo, calculando. Pero lo que de verdad transforma rara vez ocurre en el tiempo del reloj. Ocurre en kairós, en esos instantes en que algo se abre y podemos, por fin, empezar de otro modo. Septiembre puede ser uno de esos instantes, si sabemos reconocerlo.
A veces empezar de nuevo pide una sola cosa: no añadir, sino comprometerse. Elegir algo y sostenerlo. Y, a la vez, soltar lo que ya no somos para que aparezca lo que podemos ser.
El tiempo de detenerse
Reconocer el kairós no siempre es fácil. Exige, antes que correr hacia delante, saber detenerse. Hacer un alto y contemplar. Mirar el tiempo vivido sin prisa por juzgarlo, dejar que las cosas reposen y se decanten. En esa quietud, muchas veces, se revela lo que el ruido no deja ver.
Porque no todo comienzo verdadero nace de un impulso. Algunos nacen del silencio, de haber sostenido una pregunta el tiempo suficiente, de haber dejado que algo madure sin forzarlo. La contemplación no es pasividad: es una forma atenta de estar, en la que el sentido no se fabrica, sino que se deja aparecer.
Las decisiones y el sentido
Cada comienzo de curso trae consigo decisiones. Qué retomar y qué dejar. Con qué comprometerse. Hacia dónde orientar el tiempo, la energía, la vida. Elegimos estudios, trabajos, rumbos, relaciones, y en cada una de esas elecciones, aunque no lo pensemos, está en juego algo más grande: qué sentido queremos dar a nuestra existencia.
Las decisiones importantes rara vez son solo prácticas. Bajo la pregunta "¿qué hago ahora?" late otra más honda: "¿cómo quiero vivir?", "¿qué es lo que de verdad importa?". Y esas preguntas no se responden con una lista de pros y contras. Piden otra clase de mirada.
A veces podemos sostenerlas solos. Pero otras veces la maraña es demasiado espesa, los automatismos demasiado fuertes, el ruido demasiado alto. Y entonces necesitamos a alguien que nos acompañe a mirar. No que decida por nosotros ni que nos dé la respuesta, sino que nos ayude a aclarar, a distinguir lo que es nuestro de lo que no, lo que deseamos de verdad de lo que creemos que deberíamos desear.
Lo efímero como maestro
Hay un vértigo en todo esto, no lo neguemos. Porque todo comienzo lleva dentro un final. Cada septiembre es también la constatación de que un ciclo se ha cerrado, de que el verano no vuelve, de que somos seres finitos que empiezan una y otra vez sabiendo que no habrá comienzos infinitos.
Quizá por eso los inicios conmueven tanto. No porque prometan permanencia, sino precisamente porque no la prometen. Comprometerse con algo, empezar de nuevo, es un acto de valentía frente a lo efímero: apostar por la vida aun sabiéndola pasajera.
No se trata de aprovechar el tiempo, como si fuera un recurso que exprimir. Se trata de habitarlo. De reconocer este kairós concreto - este septiembre, esta vida, la única, la que no se repite -y comprometernos con él.
Empezar de nuevo en septiembre requiere llevar la consciencia del otoño en el centro del corazón.