El equilibrio es como ir en bicicleta.
Parafraseando a Aristóteles, el equilibrio es aquello hacia lo que todas las cosas tienden. La vida se mantiene gracias a la sutil combinación, movimiento e intercambio de un sinfín de factores que colaboran al mantenimiento de las especies y las diferentes formas de vida. Como parte de esto, el ser humano también tiende y necesita el equilibrio para sobrevivir. Y para estar sano.
La ciencia lo llamó homeostasis. La temperatura corporal que se regula sola, el ph de la sangre que se mantiene en un rango preciso, el sistema inmune que responde y se retira. No hay un punto fijo al que llegar. Hay un movimiento continuo que se sostiene a sí mismo. Lo que solemos llamar salud no es otra cosa que eso: la capacidad de un organismo de seguir participando en ese movimiento. No la ausencia de perturbación, sino la capacidad de responder a ella sin romperse.
Cuando el equilibrio se pierde
El ser humano no es una excepción a este principio. También se desregula. La diferencia es que en nosotros la desregulación no siempre tiene una causa localizable ni una respuesta automática. A veces algo se desajusta en la manera en que vivimos, en cómo nos relacionamos, en el sentido que le damos a lo que hacemos. El organismo lo registra, aunque la conciencia no siempre sabe bien qué hacer con esa señal.
Ahí es donde aparece el malestar que no tiene nombre claro. El cansancio sin causa aparente. La sensación de estar atrapado en algo que no termina de resolverse. La distancia entre cómo uno está y cómo siente que debería estar.
Ese malestar no es un error del sistema. Es el sistema intentando recuperar algo que ha perdido.
Lo que hace la terapia
En terapia, uno de los principales objetivos es recuperar el equilibrio cuando éste se ha perdido. No imponer un equilibrio nuevo desde fuera, sino acompañar a que la propia persona - con su cuerpo, su historia, su manera de estar en el mundo - vuelva a encontrar su propio movimiento. En Terapia Gestalt se llama autorregulación organísmica. Dejar que la inteligencia somática, emocional, guíe el proceso en lo que necesita.
Eso no siempre es rápido ni lineal. Forma parte de un proceso. El equilibrio al que se vuelve tampoco suele ser el mismo que el que se perdió y, de hecho, siempre va a requerir ajustes, atención, práctica. No se llega al equilibrio de una vez y para siempre. Es como ir en bicicleta, nos mantenemos a través del desequilibrio justo, del ir avanzando, del movimiento. Un avanzar que puede ser un retroceder, un volver a algo más esencial y menos distorsionado de nosotros.
El impulso para hacerlo es el mismo que mueve a cualquier organismo vivo: la tendencia, profunda y persistente, hacia aquello que permite seguir siendo de la forma más óptima posible.