Decidir sin saber

La indecisión aparece en terapia con más frecuencia de lo que parece. Y aunque a primera vista puede parecer un problema menor (una dificultad práctica, o algo que se resuelve con más información o más tiempo) tiene un calado mucho más hondo. Las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida van determinando nuestro camino, nuestra suerte y, en cierta medida, nuestro destino. Es profundamente existencial.

Lo que suele estar detrás de la indecisión es el miedo. Miedo al error, al fracaso, a elegir mal y tener que cargar con las consecuencias. Y ante ese miedo, la mente responde como sabe: queriendo pensar más, sopesar mejor, prever todos los escenarios posibles. Se instala una especie de delirio por controlar lo que, en el fondo, no puede controlarse del todo. El futuro, nos guste o no, conlleva incertidumbre.

El problema es que ese intento de control mediante el análisis suele producir el efecto contrario: cuanto más se piensa, más se nubla uno. Las opciones se multiplican, los argumentos se equilibran, y la persona queda atrapada en un bucle que no lleva a ningún sitio.

Del análisis al sentir

Cuando alguien llega con este tipo de bloqueo, una de las primeras cosas que hago es sacarlos de la cabeza. No porque pensar sea malo, sino porque ya han pensado demasiado. Lo que falta no es más análisis: es contacto con lo que realmente quieren.

Les pregunto cómo se siente la energía cuando piensan en cada opción. Qué sensaciones aparecen en el cuerpo. Qué creencias afloran ante uno y otro camino. Porque el cuerpo sabe cosas que la mente todavía no ha podido formular. Y esa información, somática, emocional e intuitiva, es tan válida como cualquier argumento racional. A veces, de hecho, lo es más.

No siempre aparece una respuesta clara. En ocasiones lo que viene es más silencioso: un todavía no, un me gustaría hacer esto si no fuera por. Una pequeña grieta de luz. No resuelve nada, pero cambia algo. La pregunta sigue ahí, pero uno ya no está atrapado en ella de la misma manera. El cuerpo ha hablado, y con eso basta para respirar distinto.

Sostener la incertidumbre

Y es que hay decisiones que no están listas para ser tomadas. Y forzarlas, ya sea por ansiedad, por presión externa, por el imperativo cultural de ser siempre eficiente y resolutivo, suele producir decisiones que no son del todo propias, o que no están suficientemente maduradas.

A veces lo que toca es sostener la incertidumbre. Saber qué corresponde hacer ahora. Puede ser simplemente seguir observando y confiar en que la respuesta, el camino, se irá revelando por sí mismo. No como resignación, sino como una forma activa de estar presente en la pregunta.

Esto es un acto de sabiduría.

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