El cuerpo también piensa
Merleau-Ponty y la experiencia que no cabe en palabras.
Hay algo que la filosofía occidental ha tardado mucho en admitir: que el cuerpo no es un obstáculo para el pensamiento, sino su condición. Que no pensamos a pesar del cuerpo, sino a través de él, con él, desde él.
Maurice Merleau-Ponty lo supo ver con una claridad poco habitual. Quizá por eso sigue siendo una figura más bien marginal en el ámbito académico. Apenas se estudia. Y, sin embargo, su filosofía ha ejercido mucha influencia en autores de la talla de Foucault, Deleuze o Bourdieu. El hecho de que no se profundice lo suficiente en su obra puede deberse, en parte, a que recoge temáticas un tanto incómodas para el debate filosófico —como la cuestión del cuerpo, de la carne, tan denostadas en la historia cultural de Occidente—, así como por proponer una nueva mirada, una manera diferente de hacer filosofía.
Ponty tampoco es un filósofo teórico al uso. Rechaza la reflexión desligada del mundo, la mirada del observador separado. Su propuesta, la fenomenología existencial, es que pensar es un modo de estar, un modo de tratarnos. Hacer filosofía es, para él —y desde él— reaprender a ver el mundo.
"No hay ser humano interno, el hombre está en el mundo, es en el mundo donde se conoce a sí mismo."— Merleau-Ponty
Junto al primer Heidegger, Ponty concibe al ser humano como un ser-en-el-mundo, donde los guiones denotan la inseparabilidad de uno y otro. No hay un ser y luego un mundo, una conciencia separada de los objetos, al modo cartesiano. Sin embargo, su postura es aún más radical, ya que pone el acento en la carne, un concepto aparentemente poco filosófico. No solo estamos en el mundo: somos corporalmente en él. El ser-en-el-mundo es, ante todo, un ser-corporal-en-el-mundo. Es a través de éste que nos vinculamos con y somos atravesados por lo que nos rodea. A través del cuerpo, somos.
Para él, el cuerpo es el medio y el lenguaje a través del cual experimentamos y habitamos el mundo. No es simplemente un objeto físico; es el punto de partida de nuestra relación con el entorno, el sujeto a través del cual comprendemos la realidad. Percibimos y creamos con todo el cuerpo.
"Mi cuerpo no es sólo un objeto entre otros objetos, sino un medio de comunicación con el mundo." — Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción
Esto tiene consecuencias concretas para entender la experiencia humana. La objetividad absoluta es una ilusión porque no existe un punto de vista fuera del mundo; siempre estamos inmersos en él y lo percibimos de acuerdo con nuestra ubicación corporal y nuestro contexto. La realidad no es algo dado de manera objetiva y neutral, sino que está estructurada por nuestra manera de percibir. Percibir deja de ser una representación pasiva de los estímulos externos y se convierte en un acto activo que implica un compromiso corporal y emocional con el mundo.
En la Terapia Gestalt esto resuena de manera muy directa. La experiencia no pertenece solo al sujeto ni solo al objeto; ocurre en el contacto, en la frontera entre el organismo y el entorno. Como decía Perls: "En realidad no existe nunca algo así como un individuo o un entorno. Los dos forman una unidad inseparable." Merleau-Ponty y la Gestalt apuntan al mismo lugar desde caminos distintos: los vínculos no son algo que añadimos a la experiencia, son aquello de lo que estamos hechos.
En el acompañamiento filosófico esto tiene un peso particular. Buena parte del trabajo ocurre precisamente ahí: en ayudar a alguien a habitar su experiencia corporal, a reconocer lo que el cuerpo ya sabe antes de que la mente lo formule. No para traducirlo en palabras —a veces no se puede, ni hace falta—, sino para no seguir ignorándolo. Para dejar de vivir como si la experiencia fuera solo lo que ocurre de cuello para arriba.
"El ser humano se percibe como un esfuerzo continuo por encontrarse, y un rechazo a permanecer en una de sus determinaciones." — Merleau-Ponty
Un esfuerzo continuo por encontrarse. No desde la cabeza sola. Desde el cuerpo entero.