Siempre fui bastante caótico y desordenado en el aprendizaje. Improvisaba. Cuando había motivación, no había problema: aquello que quería aprender me atraía de forma natural, casi no había esfuerzo. El problema era cuando no estaba con ganas. Llegaba la pereza o mi mente se dispersaba y se distraía, viajando a otros lugares. Entonces lo paraba, lo suspendía o lo posponía. Lo dejaba para mañana. Así me ha pasado con muchas cosas en la vida: con la música, por ejemplo. Con el kung fu. Con el gimnasio. Con la meditación. Con la escritura.
Funcionando así me tenía que conformar con esperar a que llegaran las ganas que, por suerte, no habían desaparecido del todo, así que fui haciendo. Pero también es verdad que llegaba un punto en el que no avanzaba más. Siempre era como empezar de cero.
Lo que recordé
Hasta que recordé que alguna vez había seguido una disciplina. Una palabra que, sin saber por qué, me ponía tenso. Como si fuera algo duro, pesado, obligatorio, impuesto y hasta autoritario. Lo más lejano a la libertad y el anarquismo espiritual. Indagar en esa creencia me ayudó a cambiar la mirada y ver que es necesaria la estructura y la perseverancia para avanzar en el camino.
El suelo de la libertad
La palabra disciplina, etimológicamente, alude simplemente al proceso mediante el cual se realiza un aprendizaje. Viene del latín disciplina, de la misma raíz que discípulo: el que aprende. Sin disciplina no hay crecimiento. La libertad del jazz nace de la disciplina, de seguir unos criterios, un orden, una práctica. Cualquier arte, de hecho. Quien improvisa con libertad es quien ha repetido escalas durante años, quien conoce la armonía tan bien que ya no tiene que pensar en ella. La estructura no encierra: es el suelo desde el que se puede improvisar.
Lo mismo ocurre en las artes del cuerpo. Una forma de Chi Kung se repite cientos de veces y, lejos de aburrir, en esa repetición algo se afina: la respiración, el peso, la atención. No se repite para que salga igual, sino para estar cada vez más presente en lo que se hace. Pasa lo mismo en los procesos terapéuticos o de autoconocimiento. Pararse a darse cuenta de “cómo estoy”, revisarse con honestidad, cuidar el descanso, la alimentación, los vínculos… sostener un espacio de terapia, de escritura o simplemente de estar con uno mismo: también eso es una práctica y se afina con el tiempo.
Lo que cambia
Lo que cambia no es la motivación, sino el punto de apoyo. Antes dependía de que llegaran las ganas. Ahora la práctica puede sostenerse también en los días sin ganas, a pequeña escala: un rato breve, a la misma hora, sin exigirme que sea un buen rato. Unos minutos de Chi Kung, de escritura, o simplemente de preguntarme cómo estoy.
Entre sesión y sesión
Durante mucho tiempo esperé que el bienestar viniera de fuera: una sesión cada quince días, una clase a la semana, un taller de vez en cuando. Ese trabajo es importante, y hasta necesario. Un buen acompañamiento o un buen maestro te orientan, te corrigen y te sostienen. Pero si no hay un compromiso paralelo, se diluye. Una hora cada tanto no sostiene una vida. Lo que de verdad transforma es lo que ocurre en los días intermedios, cuando nadie mira. La sesión o la clase marcan el camino, pero el camino se hace con lo que uno practica el resto del tiempo.
El otro extremo
Y es verdad que hay una trampa al otro lado. La disciplina puede volverse obsesión: dejar de ser un apoyo y convertirse en una exigencia que comprime, que no escucha, que castiga el día en que no se cumple. Entonces ya no es estructura, es rigidez. Es ahí donde aparece la tensión.
No sé dónde está el punto medio. No creo que exista una regla fija, sino algo que se encuentra practicando. A mí lo que me ayuda es distinguir entre las ganas y la escucha. Habrá días en que no tenga ganas, y no por eso dejo de practicar. Pero puedo preguntarme cómo estoy y ajustar la medida: más corto, más suave, más pequeño, pero hacerlo. Cambio la dosis, no el compromiso. La rigidez es no poder ajustar nunca; el abandono, soltarlo todo cada vez que no apetece. En medio, creo, está poder ajustar sin soltar.
El compromiso
Pero para eso, primero, tiene que haber un compromiso. No es solo con aquello que se quiera aprender, sino ante todo con uno mismo. Comprometerme conmigo es dejar de negociar cada día si hoy toca o no toca (lo que ajusto es cuánto) y empezar a cumplir la palabra que me doy.
¿Qué has dejado para mañana que podrías empezar a practicar hoy, aunque sea cinco minutos?