Más allá del yo: la crisis de los 40

El crecimiento no es un proceso continuo y plácido. Avanza a empujones. Hay momentos en los que se intensifica y se agudiza, y entonces duele: los dientes que rompen la encía, el cuerpo que se estira de golpe, un cerebro que reorganiza lo que sabe hacer. En los niños eso es evidente y nadie lo llama enfermedad. Se le llama una etapa, y se la acompaña. En los adultos, en cambio, apenas lo vemos, aunque también sucede. Cabe preguntarse en base a qué creemos que ese proceso se detiene en algún momento.

Los adultos también tenemos crisis de crecimiento. Ya no nos salen dientes ni nos estiramos, pero algo sigue madurando por dentro y exige sitio. Se nota porque ciertos aspectos de la vida empiezan a morir: hábitos que quedaron obsoletos, formas de trabajar o de querer que servían y ya no, una manera de ocupar el tiempo que ha dejado de parecernos propia, puede que hasta la imagen que teníamos de nosotros mismos. Lo que muere deja un hueco, y en ese hueco algo necesita renacer. Rara vez, sin embargo, esa forma de crecer se presenta con el nombre de crecimiento. Se presenta como malestar.

Los 40 son una de esas épocas, y por eso la llamamos la crisis de los 40. Estamos, más o menos, a mitad de camino. A nuestras espaldas queda una cantidad enorme de decisiones, proyectos, errores, aciertos, triunfos y fracasos, y de pronto se ve el conjunto. Puede haber arrepentimiento o culpa; también satisfacción, y no siempre por lo que esperábamos. Los asuntos inconclusos, todo lo que quedó sin cerrar, vienen a llamar a la puerta. Y la finitud, que hasta ahora era una idea, entra por la ventana: ya no es algo que les pasa a los demás ni a un yo futuro y lejano.

A veces ocurre de forma casi doméstica. Nos sentamos en el salón en un día de lluvia, un día en el que, de forma inesperada, no hay gran cosa que hacer, y por fin podemos parar a mirar. Lo que aparece entonces no es nuevo; llevaba tiempo allí. Otras veces ni siquiera paramos, y esa reflexión que no hemos dejado ocurrir viaja con nosotros al trabajo, a nuestras relaciones, hasta la almohada de madrugada, susurrándonos al oído sus conclusiones, sus miedos y sus evidencias.

Ya no tenemos tanto tiempo, y el cuerpo no responde como antes. Hay cosas que se han cerrado para siempre: no seremos deportistas de élite, ni viviremos quizá alguna de las vidas que alguna vez imaginamos. Pero queda energía y queda margen de maniobra para rehacer el camino. Estamos a tiempo de hacer las paces con el pasado, soltarlo y empezar casi de cero en aquello que de verdad importa. Eso exige decidir con más conciencia y claridad que antes, y cuando no sabemos bien lo que queremos, la libertad pesa. Además, lo que no hemos hecho espera: una vocación aplazada, un lugar al que no fuimos, un vínculo que nunca terminó de cuajar, una familia. La biología también pregunta, por la maternidad y por la salud, con una puntualidad que no negocia. Y cuando todo eso ya está sobre la mesa, puede aparecer la metafísica: la pregunta por el sentido.

Desde mi perspectiva, los 40 son una primera intervención de la trascendencia. Hablo de intervención porque no se elige: llega, como una visita que no avisó. Trae una pregunta que hasta ahora no hacía falta hacerse, y es si vivimos solo para nosotros o también por algo, o para algo, que nos sobrepasa. Hasta entonces la vida se organiza casi por completo alrededor de construirse: formarse, ganarse un lugar, tejer vínculos. Es una tarea legítima, pero tiene un límite, y la crisis es el momento en que ese límite se toca. La llamada volverá, más fuerte, dentro de veinte o veinticinco años, cuando ya no pueda aplazarse con trabajo ni con proyectos, porque lo que estará en juego será quiénes somos cuando ya no hacemos. Lo que hagamos con esta primera visita decidirá en buena medida cómo recibimos la segunda.

Nuestra evolución y crecimiento no acaba en el ego. Este es necesario, porque sin él no hay edificio, pero toca soltarlo en algún momento, no para destruirlo sino para dejar de confundirlo con la totalidad. Ir más allá. Quizá el gran problema de nuestro tiempo, en el mundo moderno occidental, es que casi todas sus herramientas están hechas para construir el yo y casi ninguna para soltarlo. Una cultura así convierte lo que podría ser una llamada en un fracaso privado, y quien llega a los 40 con la sensación de que todo se desmorona suele pensar que ha hecho algo mal. ¿Y si lo que se desmorona no es la vida, sino la idea de que bastábamos nosotros?

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Decidir sin saber